¡No a la nordomanía!

José Enrique Rodó publicó en 1900 Ariel, un ensayo donde trata de definir a Hispanoamérica y diferenciarla de la América deslatinizada del norte (“América necesita mantener en el presente la dualidad original de su constitución”). En esta difícil tarea asume el papel del sabio que instruye a la juventud, se oculta tras un narrador en primera persona, Próspero, y cumple con esa función del profesor encargado de educar a la nueva generación y pasarle el testigo en la carrera hacia el progreso. Este grupo de jóvenes serían los apóstoles que predicarían por América el nuevo evangelio arielista y, a su vez, son los narratarios explícitos hacia los está dirigido el texto. A modo de clase magistral, va exponiendo las razones que lo llevan a apremiar a esta juventud formada sólo por hombres a tomar las riendas de la política. Los jóvenes –caracterizados por “el entusiasmo y la esperanza”– deberán ser educados de tal manera que “devuelvan a la vida un sentido ideal”, sin dejar de ser reales ni humanos. Por ello, la educación no debe estar basada en la especialización, puesto que es algo que desune promoviendo la intolerancia, la insolidaridad y la indiferencia, sino que se debe aspirar a un conocimiento universal (como el que poseía Goethe). Dentro de su formación deben también dejar un amplio espacio al ocio, un tiempo dedicado a “pensar, soñar, admirar” y que ha sido absorbido por su propia negación, el negocio (del latín negotium, literalmente: no-ocio) poniendo en peligro el sentimiento de lo bello, uno de “los elementos superiores de la existencia racional”. La educación que propone ha de estar basada en una “cultura de los sentimientos estéticos” que disponga “el alma para la clara visión de la belleza”, opuesta al utilitarismo, actividad que sólo busca el fin inmediato. Este “espíritu de utilidad” se basa en la ciencia y la democracia, que disminuye la cultura y nivela a la sociedad. Por ello, tiene la idea de que es necesaria una clase dirigente donde se encuentran “las verdaderas superioridades humanas” (idea modernista de lo que debe ser el intelectual frente al burgués), una élite moral y cultural que sustituyese a la jerarquía social y a la que se subordinase la educación y la reforma democrática. Pero esta jerarquía que llevaría la civilización hacia el progreso no debe imitar a Estados Unidos (comparado con el Imperio romano, de donde viene precisamente la idea de negocio como actividad de expansión económica y territorial por medio de la guerra), sino que debe encontrar su propia definición diferenciada. Para ello, recurre a las raíces de la cultura latina: el ideal está en la Grecia clásica y el cristianismo, ya que son “los americanos latinos– una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro”. La fe está en el porvenir, cuando se recogerán los frutos que se deben sembrar ahora, con paciencia (la madre de la ciencia) y esperanza, confiando en que algún día se cumpla “este sublime instinto de perfectibilidad” que simboliza su Ariel.

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El vino, de plátano; y si sale agrio ¡es nuestro vino!

Los ensayos sobre América de José Martí (1853-1895) nos hablan del futuro más que del presente y, en ese sentido, su obra puede caracterizarse de profética. Es un proyecto para más adelante: lo que quiere para el futuro del continente latinoamericano, aunque también nos habla de cómo entiende su presente.

Su obra gira alrededor del fin de la situación colonial y la esperanza en una América libre, desarrollada, justa, grande, respetada y unida. Si bien son textos que pertenecen al momento histórico de la lucha por la independencia de Cuba y nacen por esa misma lucha y, sobre todo, por lo que va a suceder después y lo que se va a tener que hacer, consigue cierta universalidad y atemporalidad (por eso, quizá es una figura que ha podido adaptarse a muchas ideologías y momentos diversos).

En sus ensayos se mezcla el interés por aniquilar el colonialismo (incluido el nuevo peligro del imperialismo gringo, que todavía, para él, se puede evitar) y su deseo de libertad e independencia (también literaria: “la poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio”).

Si Sarmiento quiso oponer la civilización europea a la barbarie americana (simbolizada en el tigre que es Facundo), Martí supera esa división que no es sino “entre falsa erudición y la Naturaleza”. Conocer esa naturaleza propia latinoamericana es la tarea pendiente del continente (“conocer el país y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías”) para cambiar el rumbo y mirar hacia sí y no hacia el norte: el tigre no está en la naturaleza americana sino en “el vecino formidable, que no la conoce” y “es el peligro mayor de nuestra América”.

Llama la atención su acertada observación sobre el peligro del neocolonialismo estadounidense. Sabe que el español va a caer pronto pero advierte el nuevo imperio naciente: sus escritos avisan sobre ese nuevo imperio en estado de gestación que va a tratar de hacer nuevas colonias en América Latina. Parece decir “¡ojo!, no hay que bajar la guardia”. Es un enemigo que no comprende “porque no habla nuestro idioma”. El español es lo que une a las naciones hispanoamericanas, al igual que su condición mestiza, tanto cultural como racial: lo que distingue la América española del “pueblo rubio del continente”.

Martí defiende un modelo cultural libre que ha de salir de dentro y no imitar modelos que vienen de fuera, pues “ni el libro europeo ni el libro yanqui daban la clave del enigma hispanoamericano”. Por ello, propone el mestizaje: lo indígena y negro se han fusionado con la cultura blanca, lo cual es una conquista velada pero muy fuerte, porque es una conquista cultural.

La América libre y justa de Martí, que ha dejado atrás el odio (“no hay odio de razas, porque no hay razas”) y apuesta por un nuevo camino a través del amor, el pensamiento y el diálogo, llevaría a la creación de un nuevo modelo que triunfara e hiciera de América Latina una sola nación fuerte y libre, capaz de evitar el neocolonialismo que la acechaba.