Transculturación narrativa

Hay un par de cosas en el texto de Rama que me han llamado la atención:

  • La existencia de una cultura latinoamericana como proyecto intelectual que, a pesar de las diferencias y particularidades locales o regionales, comparte una serie de rasgos comunes que le confieren unidad.
  • Esos rasgos comunes vienen del proceso unificador que vivió el continente en los periodos de la incursión española y del capitalismo global, y ante los que respondió de maneras semejantes, seleccionando las características que le servían para crear productos culturales nuevos.

La transculturación en la narrativa hispanoamericana de mediados del siglo veinte (el periodo en que el capitalismo tuvo más fuerza irruptora) opera sobre tres niveles: lengua, estructura literaria y cosmovisión, los cuales están interrelacionados. Los escritores (“genial tejedor”) cosen sus textos con hilos procedentes de diversas culturas, entre las que destaca el sustrato americano que, en última instancia, es lo que les da su sabor propio, su originalidad y su característica exclusiva que permite su definición como textos latinoamericanos.

El conflicto o guerra entre vanguardismo y regionalismo parece disolverse y convertirse en un contacto enriquecedor si se sabe aprovechar (como Rulfo, por ejemplo), capaz de originar productos que se resisten a la homogeneización capitalista (o modernización). En esos casos, los escritores transculturadores se modernizan manteniendo la tradición propia de la región a la que pertenecen.

El proceso es visto de manera dialéctica (rechazo-estimación-absorción) donde nada desaparece (como la energía) sino que se transforma, adaptando lo viejo a lo nuevo, pero por eso mismo es nuevo, porque viene de lo viejo, como decía Brecht. Esta transformación cumple una doble tarea de invención y selección.

El fuerte deseo de independencia cultural (de España, más que nada, aunque también de otras amenazas foráneas) sólo se consigue al aceptar su imposibilidad, es decir, cuando se reconoce que la dependencia es necesaria para la autonomía cultural, siempre y cuando la dependencia se haga de manera provechosa, utilizando los recursos de la modernidad para fines propios.

La resistencia al cambio viene a ser algo antinatural y, por lo tanto, pronto acaba superándose: las culturas son algo vivo y en constante cambio, igual que los seres humanos, por lo que su acción creadora siempre tiende a una transformación en vez de a una parálisis. Incluso en la inmovilidad cultural andina tuvo que haber cambio pues, de lo contrario, habría perecido. “La modernidad no es renunciable y negarse  a ella es suicidio; lo es también renunciar a sí mismo para aceptarla” (83).

La dualidad ciudad/campo (civilización/barbarie, europeo/americano, modernización/regionalismo…) se disuelve en las obras de los transculturadores (mediadores entre distintas culturas, como los mestizos) al dar continuidad a la identidad cultural adaptándola al nuevo orden internacional.

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1 comentario

  1. doaa25 said,

    24 febrero, 2011 a 3:55 PM

    Hola, Olga. Es muy claro tu comentario. Y si, una de los puntos interesantes que plantea Rama en el texto es la relacion dialectica con las otras culuras y no excluirla totalmente porque me parece imposbile y al mismo tiempo ilogico que se hace una cosa como esta.


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