ser o no ser subalternos, esa es la cuestión

Un día, un grupo de intelectuales decidieron cambiar su objeto de estudio. Después de muchas horas de debate, sudores y hasta lágrimas, pérdidas de cabello, de vista y hasta de silueta, decidieron copiar lo que otros grupos de intelectuales hacía porque no se ponían de acuerdo… Así que con un gran grito de júbilo hicieron público su nuevo objeto de estudio: ¡Vamos a estudiar al subalterno! Pero, ¿eso qué es lo que es? Preguntó la Juana, la camarera estupefacta que servía las cubas a este grupo de concienzudos individuos en el bar donde se reunían durante largas horas de trabajo… Pues, está muy claro, la contestaron: el subalterno eres tú. Pero la Juana no comprendió… y siguió trajinando.
Los profesores volvieron a sus universidades y gracias a las nuevas tecnologías de la información pudieron leer, intercambiar y publicar artículos en un tiempo récord. Pero algo hacía falta… Debían hacer una declaración de intenciones. Y la hicieron: el manifiesto del subalterno, aunque lo publicaron en inglés pues quedaba mejor: “Founding Statement”. Pensaron que, ya que había un manifiesto comunista, uno futurista, uno surrealista, por qué no uno subalterno. Y ahí expusieron todas sus ideas, propósitos, sueños… Todo enredado, no importaba, había que darse prisa. Todo va rápido en estos tiempos postcapitalistas.
Y el manifiesto se publicó. Y tuvieron críticas. Y se pelearon. Y el grupo se disolvió. Fin.
¿Y el subalterno? Sigue preguntando la Juana sin saber todavía qué es… ¿Dónde quedó?

discontinuidades

Walter Benjamin si bien no pudo cruzar el charco físicamente llegó a América de todos modos. Si bien no lo hizo por la cultura oficial, ni por la académica, lo hizo por las fisuras que tienen ambas. Se coló por los intersticios desde donde se hizo el arte post-dictatorial de Chile, tal y como sugiere Nelly Richards.
Benjamin no apoyaba la continuidad, la sucesión lineal, sino la discontinuidad, pues ahí es donde se podía entender la historia de los oprimidos. Una memoria entrecortada que dio lugar a lo que Richards llama arte refractario, de ruptura, por la necesidad de nombrar lo no verbalizable: la experiencia. Un arte impuro, como el recuerdo. Una fotografía documental, de testimonio, que muestra ese “desmenuzamiento de la identidad” por medio del retrato de rostros marginales, residuales, de los que viven en los intersticios.
La cámara fotográfica es, en palabras de Enrique Lihn, “la máquina de estereotipar” una serie de identidades que han de someterse a la disciplina, ser fichados por el orden estatal.
Y la traza y reinscripción que es la memoria hace visible esas identidades sumergidas, los cuerpos olvidados, las imágenes de un recuerdo plural, nunca único.
Del mismo modo, el lenguaje cuestiona la racionalidad, se vuelve rebelde por vía de la sátira. Como el de Lihn:

Nada tiene que ver el dolor con el dolor

nada tiene que ver la desesperación con la desesperación

Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas

No hay nombres en la zona muda

Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes

acicalada hasta la repugnancia, y los médicos

son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios

la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen

porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora

Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto

todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas

y éste no es más que otro modo de viciarlas

Quizá los médicos no sean más que sabios y la muerte -la niña

de sus ojos- un querido problema

la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere

su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar

Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa tramitación

Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de mantener

ciertas formas como ahora en esta consulta

Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto

y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable

mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa

zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser

cuando ya uno, qué alivio, está muerto,

olvidado ojalá  previamente de sí mismo

esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es

su presupuesto

Invoco en la consulta al Dios

de la no mismidad, pero sabiendo que se trata

de otra ficción más

sobre la unión de Oriente y Occidente

de acápites, comentarios y prólogos

Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que aprender

para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio

que sólo fuera accesible más allá de las matemáticas a especialistas

de una ciencia imposible e igualmente válida

un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos

que viviera una fracción de segundo a la manera  del resplandor

y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia

del dolor que del placer, con una sonriente

desesperación, pero esto es ya decir

una mera obviedad con el apoyo

de una figura retórica

mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje desconocido

ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a interpretar

el lenguaje humano

Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna inasible forma

de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a cada uno

de los momentos que improntaron la memoria

con impresiones desaforadas

Cuando en la primera polución

-mucho más mística que la primera comunión- pensabas en Isabel

ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástico de esa creatura

que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti carnalmente en el tiempo de los demás

sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria

eso era la muerte y la muerte advino y devino

el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora

acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la muerte

el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento

la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor escrito silenciosamente en el muro

o figuras obscenas untadas de vómito

tu vida que -otra palabra- se deslizó, sin haberse podido

engrupir en lo existente detenerse en lo Pasajero hundir el hocico

feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno

con el amor como con una piedra

la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo

de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada

porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando

del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas

tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la casa es la muerte

y no la otra, esa nada ese humo esa sombra

darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud

que se besan a sí mismos

hibridez

García-Canclini estudia la cultura latinoamericana para deconstruirla desde una perspectiva que, sin ser la del antropólogo o sociólogo tradicionales, hereda bastante de sus representantes “indisciplinados” que cuestionaron la “pureza” de la cultura. Asimismo, adopta la noción de campo simbólico.

Según Bordieu el mundo social se compone de verdaderos universos separados o campos que tienen sus propias leyes de funcionamiento y formas de capital: la economía tiene un capital económico; la ciencia, científico; el poder, político. En el caso de la literatura, simbólico. Cada uno se adquiere, acumula, posee y usa de manera diferente aunque se puedan traducir en otros capitales: el capital económico en político, o el científico en económico, por ejemplo. Para dar valor al simbólico (y sacar provecho) se consagran los objetos y personas implicadas. El campo cultural es un universo social donde se acumula capital simbólico. Es un campo que no está exento de lucha y competitividad para conseguir prestigio. De este modo, el movimiento de la acción interna es la lucha por el reconocimiento de valor; por ello, los actores se mueven en unas instituciones que legitiman y, al mismo tiempo, luchan para cambiarlas, ser aceptados, imponer su criterio.

Este ensayo participa de un movimiento de reformulación del campo cultural, que se propone deconstruir los estudios culturales para legitimizar lo popular al entenderlo como parte de la tensión entre las impuras tradición y modernidad. La hibridez es el mejor concepto para definirlo, explica su autor, porque puede ser aplicado de manera amplia sin reducir su significado. Puedo hablar de cultura híbrida tanto al escuchar un disco pirata de Los cojolites, al comprar una camiseta en la Fábrica social o ver en youtube “En sus tierras bailaré”. Un término paraguas, bajo el que se pueden meter todos los fenómenos y procesos socio-culturales de la actualidad.

Aparentemente hay una cultura culta y otra popular, pero la condición de inferioridad o dependencia de la segunda respecto de la primera se pone en entredicho. ¿Por qué “lo popular es en esta historia lo excluido: los que no tienen patrimonio, o no logran que sea reconocido y conservado; los artesanos que no llegan a ser artistas, a individualizarse, ni participar en el mercado de bienes simbólicos ‘legítimos’; los espectadores de los medios masivos que quedan fuera de las universidades y los museos, ‘incapaces’ de leer y mirar la alta cultura porque desconocen la historia de los saberes y los estilos”? Hace tiempo, Eduardo Galeano contestaba porque son “los nadies”:

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pié derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Book

una amiga me acaba de enviar este video
graciosa la coincidencia
[http://www.youtube.com/watch?v=YhcPX1wVp38&feature=player_embedded]

ese montón de hormigas negras

La contradicción de la oralidad y la escritura (o del habla y la lengua), parece que es un enfrentamiento eterno. La escritura, a pesar de que fue tenida como hermana menor de la palabra hablada (por Platón o Saussure, por ejemplo), al final, se acaba imponiendo. La Biblia es el paradigma de dicha victoria, como recopilación (me refiero al Antiguo Testamento) de todas las tradiciones orales en un texto único, sagrado, mágico y que se tiene por la palabra de dios.

Los romanos (y la educación franquista) solían reiterar que “la letra con sangre entra”, lo cual, en el caso de Cajamarca lo podemos tomar literalmente: Atahuallpa no sólo no entendió la “letra sagrada” que Valverde le presentó, sino que la despreció, lo que dio pie a los conquistadores a recurrir a la violencia sin que pareciera gratuita. Tenían que defender la palabra de dios a toda costa. Y si los pobladores del Nuevo Mundo no la respetaban ni se sometían a ella (como todos en el imperio español), debían hacerles comprender, aunque fuera a la fuerza, el Poder de la escritura. Además, tenían que cumplir con el cometido de la evangelización mundial (milenarismo) para que llegara el fin del mundo cuando antes y se acabara el sufrimiento en el valle de lágrimas y comenzara el gozo en el paraíso…

Los españoles llevaron a América la letra, pero también sus propias tradiciones orales, como los romances, los cuales, han continuado su propio camino americano.

El libro no se cuestiona y es algo muerto, que no habla, no ve, no siente. En cambio, la oralidad es algo vivo, puesto que está unida a la corporalidad. Pero para que esa oralidad del pasado siga viva, se transmite de generación en generación, de cuerpo a cuerpo, pero también pasa al texto: Rama nos recordaba que las tradiciones indígenas empezaron a escribirse para que no se perdieran.

¿Superioridad de la escritura o preeminencia de la oralidad? ¿puede la oralidad entrar en la escritura?  Como ese “no sé qué que queda balbuciendo”… o ese graffiti de vuelo de ave que hace Pedro Rojas en el gran lienzo en blanco del cielo.