ese montón de hormigas negras

La contradicción de la oralidad y la escritura (o del habla y la lengua), parece que es un enfrentamiento eterno. La escritura, a pesar de que fue tenida como hermana menor de la palabra hablada (por Platón o Saussure, por ejemplo), al final, se acaba imponiendo. La Biblia es el paradigma de dicha victoria, como recopilación (me refiero al Antiguo Testamento) de todas las tradiciones orales en un texto único, sagrado, mágico y que se tiene por la palabra de dios.

Los romanos (y la educación franquista) solían reiterar que “la letra con sangre entra”, lo cual, en el caso de Cajamarca lo podemos tomar literalmente: Atahuallpa no sólo no entendió la “letra sagrada” que Valverde le presentó, sino que la despreció, lo que dio pie a los conquistadores a recurrir a la violencia sin que pareciera gratuita. Tenían que defender la palabra de dios a toda costa. Y si los pobladores del Nuevo Mundo no la respetaban ni se sometían a ella (como todos en el imperio español), debían hacerles comprender, aunque fuera a la fuerza, el Poder de la escritura. Además, tenían que cumplir con el cometido de la evangelización mundial (milenarismo) para que llegara el fin del mundo cuando antes y se acabara el sufrimiento en el valle de lágrimas y comenzara el gozo en el paraíso…

Los españoles llevaron a América la letra, pero también sus propias tradiciones orales, como los romances, los cuales, han continuado su propio camino americano.

El libro no se cuestiona y es algo muerto, que no habla, no ve, no siente. En cambio, la oralidad es algo vivo, puesto que está unida a la corporalidad. Pero para que esa oralidad del pasado siga viva, se transmite de generación en generación, de cuerpo a cuerpo, pero también pasa al texto: Rama nos recordaba que las tradiciones indígenas empezaron a escribirse para que no se perdieran.

¿Superioridad de la escritura o preeminencia de la oralidad? ¿puede la oralidad entrar en la escritura?  Como ese “no sé qué que queda balbuciendo”… o ese graffiti de vuelo de ave que hace Pedro Rojas en el gran lienzo en blanco del cielo.

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